
El tributo.
Este vino que sostienes en tus manos representa mucho más que una simple bebida: es un legado generacional de viñas centenarias, cuya existencia perdura gracias al esfuerzo incansable y la dedicación de nuestros ancestros. En un tiempo donde la constancia y la perseverancia eran moneda corriente, ellos cultivaron y cuidaron estos viñedos con pasión, asegurando que perduraran mientras muchos otros fueron abandonados y olvidados.
Este vino es un tributo a aquellas personas que, con dedicación y entusiasmo, competían cada año por elaborar el mejor vino. En tiempos pasados, la juventud recorría bodega tras bodega, cantando canciones populares y degustando los distintos caldos de cada vecino. Hoy, más que una competencia, es un acto de amor y respeto por nuestra historia, viendo cómo el abandono del campo amenaza con romper este valioso eslabón, dejando que la maleza reclame lo que una vez fue nuestro orgullo.
He sido testigo de cómo las viñas del pueblo han sido abandonadas poco a poco. Se sabe que en solo dos años de descuido, un viñedo puede quedar sepultado en el recuerdo, junto a siglos de trabajo de nuestras familias. Es por eso que un grupo de locos apasionados se niega a dejar que esto suceda, enfrentándose a los desafíos diarios contra corzos, jabalíes, pájaros, conejos, granizo, lluvia, sequía, hongos, plagas y zarzas. Pero más allá de todos estos obstáculos, es el vínculo emocional con las viñas lo que nos impulsa a no rendirnos, disfrutando cada etapa del crecimiento de la cepa y emocionándonos con la evolución del viñedo desde la poda hasta la vendimia.
Para muchos, este esfuerzo puede parecer una pérdida de tiempo, pero para nosotros es una fuente de satisfacción y la clave para la supervivencia del mundo rural. Nuestro viñedo tiene vistas al Valle del Silencio y está rodeado de zarzas, haciéndolo único y especial. Este no es solo un vino cualquiera; es un homenaje vivo a nuestros antepasados, a su trabajo arduo y a su conexión indeleble con la tierra que amaron y cuidaron con tanto esmero.
César M.
